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domingo, 28 de junio de 2009

AIRE

http://www.youtube.com/watch?v=3UB3js8v6R0

Sí, aquí estoy, como te decía. Como siempre te digo, ya lo sabes. Arañando el tiempo con uñas frágiles de mortal, haciéndome sólo con unos minutos para abrazar el cielo. Con las bocanadas del tiempo que engullo a trompicones, que no me dejan pensar, que me quieren entretener de la vida. Como te contaba entre líneas, las balsas de espacios vacíos, de paz incómoda, de búsqueda y de trémulo letargo, pasan pero no se van. La resolución de colorear espacios y tiempos, de hablarlos y agarrarlos con fuerza, de mirarlos a los ojos, de darles una vida abrumadora, de hacerles justicia, me clava una mirada que intimida. Y al fin por todo aquello, por cada uno de los minutos de antes y de ahora, por los que me prometiste siempre y por lo que sabes, por lo que intuyes y te llevas y me traes, sigo abrazando el cielo aquí, cerca o lejos, desde esta tierra que nunca será mía.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

"Mensaje reservado"


Hace poco vino un escritor del antiguo Madrid, del Madrid de palpusa y chaleco de pata de gallo y las calles de segunda puesta. Vino azotando su cigarrillo al viento, con movimientos secos de su mano contra el aire sucio de la capital, como si quisiera quitárselo de encima. Y vino misterioso. Según nos hablaba a todos, reunidos alrededor de espumosas cervezas y sumidos en un aire de indiferencia, sus palabras aparecían al mismo tiempo claras pero obtusas, enredadas en su mismo significado, adormecidas en la vitalidad del castellano vivaracho y chisposo. Los gestos del fumador del chaleco parecían acompañar lo que sus palabras retorcían, pero ambas cosas se enzarzaban en una lucha de significados, como si el discurso de aquel tipo fuera una enredadera de pensamientos cuyas alusiones ninguno pudiéramos disociar. Sus ojos se volvían tristes a una vez, pensativos a otra, siempre lejanos. Mientras se acababan las cervezas, mientras todos íbamos levantándonos para atender nuestros quehaceres, él se empeñaba vehementemente en hacernos comprender sus palabras. Parecía un pez vital que hubiera roto su propia pecera para lanzarse al vacío de la asfixia; y, como un pez en plena asfixia, parecía que hablaba sin apenas emitir sonido. ¿Qué es el significado sin el lenguaje? ¿Y qué es el lenguaje sin significado? Los muertos hablan, sí, son los escritores que nos quieren contar lo que no les dio tiempo a decir (por la brevedad e intensidad de sus vidas) o que quieren contar a todos lo que sólo pudieron decir a algunos. Lo que es cierto es que no podemos llevarnos mensajes con nosotros. El resto de los vivos, a su tiempo, se ocupan de ellos. Los mensajes reservados, ¿qué son? Sólo un modo de retrasar lo inevitable -que somos y debemos ser comunicables- y lo necesario. Perseguimos la felicidad pero, ¿y si los mensajes encriptados nos pesan y no nos dejan avanzar por el camino que conduce a ella? Es posible que nos quedemos (ad)mirando y amando nuestros secretos, puede incluso que lleguemos a amarlos más que a nuestra propia felicidad. Pero, entonces, el hombre del chaleco... ¿no debería dejar de ser un pez?

martes, 26 de agosto de 2008

¿El universo en una cáscara de nuez?


¿Podemos meter todo el agua del mar en una botellita de Solán de Cabras? ¿Qué hay de una frase? ¿Puede una sola frase resumir toda una vida? ¿O una sola página bastar para ver todo el talento de un genio literario? La respuesta es común a todas estas preguntas: no. La desproporción es evidente entre lo que quiere tenerse y lo que realmente se tiene: sólo unos cuantos tragos de agua, unas memorias incompletas y una página con palabras oportunamente combinadas. Lo demás es todo especulación. Lo sencillo contiene la esencia de lo complejo, hay trazos de genialidad en muchas de las frases de los grandes autores de la literatura universal.

Y ahora, intenten hacer lo mismo explicándome hasta qué punto puede ser comprensible una situación como ésta: una llega a casa de trabajar, deja todas las cosas sobre el sillón, saluda a la familia, besitos a los peques, al marido..., y de repente dice: "¡veréis, llevo 23 años trabajando en esta empresa, entre el sueldo que me dan y los gastos que por mi ausencia se producen en casa, he desarrollado un aborrecimiento prematuro de mi mundo laboral en pro de un aumento de efectividad afectiva hacia los miembros de mi familia que, unido a mi instinto maternal -parcialmente nublado por mi ambición profesional que por otro lado no pienso abandonar- me hacen derivar en un sentimiento positivo de cariño exacerbado hacia vosotros, simpáticos seres sonrientes!" (.......) Intenten llevar a cabo el mismo ejercicio de imaginación pensando en que es un hombre quien cruza la puerta y se dirige en estos términos a su familia (.......) Bien, aunque parezca que este último caso se acerca más a la realidad, tampoco es creíble. Lo cierto es que lo acertado sería más bien decir un "¡Cuánto os quiero, os he echado mucho de menos!". De nuevo, y como dijo en su día el autor de El Principito, "lo esencial es invisible a los ojos". Los procesos entre lo racional del asunto (difícilmente aislable, pero las ansias de racionalizar el mundo no conocen límites) y la esencia de éste es lo que unos llaman complicación, otros intuición, y otros racionalización. Las dos primeras pertenecen al ámbito de lo femenino, según marca la tradición, y la última al dominio masculino de poder sobre lo visible y lo invisible (las ansias de poder tampoco conocen límites).

A lo que iba, que me estoy liando... "soy tan racional que me cuesta entender a las mujeres". No es una frase de Schopenhauer ni nada parecido, es una afirmación proveniente de un sector de la población nada minoritario ni extremista, sino más bien que camina en la más absoluta de las normalidades: el hombrensusveintitantos. Para este sector poblacional, las mujeres se corresponden con su concepto de "algo raro con reacciones sin sentido", quizá con una poderosa inteligencia emocional que las lleva a ser más intuitivas que racionales, y por tanto más incomprensibles. "¡Cualquiera sabe qué pasos se han saltado (incluidas en un proceso de racionalización lógica masculina) para llegar a esas conclusiones!"

Decía una mujer hace poco que el sentimiento es el resultado de procesar las emociones. El hombrensusveintitantos estaba de acuerdo, y de ahí surge la dicotomía de procesar las emociones más rápido (o sin velocidad alguna, sino por mera identificación de una cosa con la otra) a la manera de la intuición, o de hacerlo lenta pero eficazmente atravesando arduos y latosos filtros racionales, asimilando qué diantres es esa cosa llamada emoción que ha aparecido en su vida entre ecuación y ecuación. Traduce esto a toda una vida, con todos sus matices, y entenderás -no sólo la paciencia de la mujer y el mérito del esfuerzo del hombre- la regla de oro: menos es más. Menos racionalización, luego más intuición. Menos complicación al cuadricular las cosas, igual a más ahorro de procesos lógicos mentales, igual a más practicidad. La eficacia la compartimos a partes iguales, probablemente. Necesitamos mutuamente enriquecer nuestra manera de conocer el mundo.

El final es sencillo, porque más allá de los hombresensusveintitantos el debate se reduce: "Mujeres. No hay quien las entienda".

lunes, 23 de junio de 2008

Un recuerdo



Se para tu recuerdo en mi cabeza como una imagen congelada de esa promesa que nunca te nació de la boca, como un retrato eterno que llevo siempre conmigo en el bolsillo de la vida. Se para como esas películas mirándote, como esos consejos lógicos, como ese afán salpicado de realidad estúpida, de sinquereres, de imperfección estupefacta. Y en medio de los años, entre los espacios de la música y del tiempo y de bruces contra la infinitud de los días, ¡qué más quisiera! oir por primera vez aquel disco, que trajeras contigo el fin de la impaciencia de las cuatro, la risa a destiempo y el mundo amigo de las cosas que no están, pero que siempre están llegando y que vuelven. Todo. Todo se para, cierto y seguro, en mi cabeza pensativa de agradecida y en deuda.

martes, 10 de junio de 2008

Sueño

Si no te sueño, despierto.
Si despierto, te busco.
Si te busco, te encuentro.
Si no te encuentro, te invento.
Si te invento, no te tengo.
Si no te tengo, te sueño.
Pero ¡ay! si de nuevo no te sueño...
Que me quede despierta toda la vida
para poder no soñarte y tenerte,
para tenerte y no inventarte,
para buscarte siempre y encontrarte siempre,
para que el sueño no sea, si acaso, más
que mi manera dormida de quererte.

lunes, 31 de marzo de 2008

Envuelto el tiempo

Ojalá el instante fuera eterno para poder pasármelo mirando tus ojos, su brillo salpicándome de vida. Y si tengo un pensamiento, el único, si lo tuviera para esa eternidad sería, para en un solo momento pensar todos los instantes de mi vida. Y ahí está. Allá lo veo. Envuelto el tiempo en un giro delicado de hierba, de asfalto, de tierras y de calma, envuelta una gran sonrisa en el pasear de una maleta cansada, de grandes gafas para grandes horizontes, de pies calientes listos para la carrera, de músculos tensos que quieren besar el mar. Si cortara con mis ojos la distancia, y mordiera con denuedo el cuidado que nos separa, se me colmaría de bosques ese pulmón mío de luces y sombras, de hierba gris atropellada... y dormiría de golpe el sueño de quien de soñar nunca acaba.

“Un tiempo de palombares altos trainos l’iviernu
Y les figales
Lleguen voces del ríu: ya la señardá de les agües
Vencíes, del to suañu la savia fresca.
Un rustru busques con vocación de patria,
Una solombra de cuerpos u xorrecer la to boca
Y les dolces pallabres más allá, perallá
Cuandu la ñeve grita.
Erma ta la viña, tierra blanca que soterrará
El to nome de recielles y herba,
Pero nun tornes a casa, amenórguense los díes
y apáguense d’esmenu los llumes y los cantos"

martes, 11 de marzo de 2008

Ojos del Guadiana

Como un río triste e impetuoso, lánguido en ocasiones, discreto. Casi como llega el crecer y se marchan los consejos, casi como el venirse a este lado o el irse de repente, prácticamente así al estar los ojos míos que me dejan ciega y testaruda, lenta y muda a veces, consumida. Viene y se va el río, acechando los ojos del Guadiana. Sin la fuerza de una garganta de piedra que ansía un mural de colores, con las páginas en blanco que es todo este saber de ese algo pequeñito y lleno de rabia, que me atraganta con la incertidumbre de reconocerme en ello a mí misma. Con el grito ahogado de un cuerpo que se marcha y que se queda, que viene y va como las palabras insistentes y amontonadas de un libro. Los ojos del Guadiana, me dicen, y yo pienso en todo esto sin más, pienso en todo esto.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Malka (parte III)

Mi barrio es la perla de Jerusalén. Un pequeño barrio ultraortodoxo que cuidaba a sus judíos austeramente y los hacía convivir en paz en grandes comunidades que se daban la mano de acera a acera. Es una perla negra como las casas que la componen, negras por el tiempo y por el olvido del mundo secular de sus alrededores, negra como las juntas de las puertas, los recovecos de las calles y las inscripciones en algunos de sus muros, como mi vestido, mi pañuelo más riguroso, mis zapatos, mi bolso antiquísimo, mis ojos... negra como el pasado que habitaba en los corazones y la memoria de todos los que allí estábamos, felices por encontrarnos a salvo y al mismo tiempo cargando con una pesada maleta de recuerdos por los que habrían cruzado los mares a nado de haber sabido de una tierra en ciernes a salvo del odio antisemita. Europa, incluso en la Jerusalén que habita en la mente de un habitante de Mea Shearim, seguía significando para muchos la vergüenza y la pena, el expolio y el exilio, el exterminio y el extravío de las inagotables esperanzas de una convivencia en paz con los cristianos.

Para mí, que oía contar historias de las guerras prácticamente cada día, y a quien se le recordaba continuamente lo que significaba cada cosa que poseía, lo valioso que era poder colgar mi bolso raído del brazo porque significaba que aún tenía un mínimo derecho a la propiedad, la alegría que debía sentir de camino a la sinagoga, cuánto debía apreciar cuanto a mí nunca llegó a parecerme natural... para mí, sólo existíamos mi identidad y yo, dos seres aparte que siempre se encontraban. Continuamente durante la comida, en la galería del templo, paseando o de camino a la escuela o hacia cualquier encargo, me entretenía a hablar con mi identidad, que curiosamente no se me parecía demasiado. A veces, mi identidad declinaba mi invitación y hacía que me las viera con continuos pensamientos de aislamiento incluso dentro de mi nutrida comunidad; hacía que en ocasiones mirara a mi alrededor buscándola, sin que hubiera manera posible de dar con ella durante largo tiempo, y me dejaba huérfana durante semanas, hundida en mis sórdidos pensamientos y obligándome a forzar mi sonrisa. Cuando volvíamos a encontrarnos me resultaba incluso difícil reconocerla y necesitaba hacer verdaderos esfuerzos para volver a bailar con ella en la rutina diaria, necesitaba que me sedujera y devolviera la sonrisa a mi rostro, necesitaba que me hablara, ablandara mi corazón y me llevara de la mano a mis antiguos quehaceres en Mea Shearim. Era entonces cuando me calmaba y mi cabeza dejaba de dar vueltas, cuando podía descansar y sentirme más entera.

Uno de los pocos que daban color al puzzle que era mi barrio, donde todo parecía encajar, era mi primo Shmuel, hermano de Eyal, de Daniel y de Shlomo. Shmuel, de cara y cuerpo espartanos y de mirada cortante y rápida como la de un animal acorralado, era mayor que Eyal pero más joven que Daniel y Shlomo. Era la oveja negra de la familia no sólo por su tez morena resultado de sus escaramuzas con el sol del Néguev, sino también porque fue el primero en dar la espalda a milenios de tradición y a miles de esperanzas puestas en él; entendía que la lucha por un Israel más fuerte se haría desde el socialismo agrario de los kibbutzim y no desde las polvorientas y crujientes sinagogas en las que predicaba su padre. A edad temprana ya tenía su particular opinión sobre lo que él llamaba el ‘sionismo religioso’, y tenía claro que su sionismo tenía mucho más que ver con el de los padres de la nación, Herzl y Ben Gurión, o el de Meir, y que los tsabra y no los judíos jasídicos eran quienes legitimaban el poder y la existencia de un estado que, por otra parte, ni siquiera mencionaba a Adonai en su constitución.

- Qué le voy a hacer –decía Rabbi Alon, cruzando las manos sobre su vientre y moviendo su cabeza de un lado a otro-, al menos no se ha alejado de Baruch Hashem.

- ¡¿En un kibbutz?! – preguntaba mi padre escandalizado.

- Más lejos está la diáspora, y millones de judíos llevan a Adonai en su corazón – contestaba Alon sin mover un solo pelo de su larga barba y sin levantar sus ojos del suelo.

- Espero que no sigan enseñando eso en las yeshivot... – quiso acabar mi padre la conversación

- Lo cierto es que no voy a discutir contigo, aunque como rabino que soy de la comunidad a la que perteneces, debo recordarte que no hay precepto que niegue la libertad a ningún judío de bien.

- Pero la ley de Moisés ordena honrar a los padres

- Me honra, Jeremiah, me honra que mi hijo lleve su alma judía a la esterilidad del Néguev, porque seguro que dará tanto fruto como los cultivos tan famosos que de allí proceden. – y zanjó la breve discusión dejando a mi padre gruñendo para sí y moviéndose incómodo en su butaca de mimbre virgen.


miércoles, 6 de febrero de 2008

Malka (parte II)

Algunos sábados o en la fiesta de sukkot, Eyal solía acordarse de viejos chistes judíos que, como si fuera un anciano, contaba una y otra vez hasta que él mismo se daba cuenta de que nadie reaccionaba ya con la misma carcajada del principio:

- ¿Entiendes? Es humor judío- decía, como si su interlocutor estuviera obligado a apreciarlo por tal condición.
- Es siempre el mismo humor judío- contestaba mi padre, siempre escueto.

Si las horas pasaban sin que nadie hiciera ningún comentario de la Torah o de la Mishná durante ese tiempo de oración, sumido cada cual en un pronto Eyal rompía el silencio y demandaba alguna chanza que rompiera el hielo:

- Por lo que parece las termitas seculares no acabaron con tu justicia judía pero sí con tu humor y tu juicio, que han mermado nuestra posibilidad de crecer en la sabiduría de Adonai, hasta el punto de parecernos alfileres que desgarran el velo limpio y elevado del Shabbat.- dijo mi padre, esta vez en tono más serio.

- Honremos a Adonai, Eyal, olvídate de esas interrupciones laicistas que no saben dividir el tiempo con cordura y aprovecha estas horas de estudio para meter algo en esa cabeza tuya- añadió Rabbi Alon, que siempre me pareció el más anciano y sabio de todo el barrio judío, y a la vez el menos estricto y más bondadoso de los rabinos- ¡y tráeme un poco de jalot! Tus impertinencias me abren el apetito... decía guiñándole el ojo y procurando que su hermano (mi padre) no advirtiera su gesto burlón. Él, sin embargo, le lanzó una mirada inquisitoria que a Alon le provocó una sonrisilla traviesa, casi infantil, sumiéndole de nuevo en la lectura atenta.

Recuerdo aquellos días infinitos como gotas impacientes atrapadas en un viejo grifo estropeado, cayendo con calma y estrellándose contra la superficie sin que nadie pareciera darse cuenta. No importaba que la semana hubiera estado llena de acontecimientos de júbilo o que una pena espesa hubiera cubierto nuestras casas, no importaba que a Rivka se le acumularan infinidad de vestidos que coser para sus innumerables clientas ni que Yael se las tuviera que ver con incontables e insondables partituras, que a veces se me antojaban hormiguitas sobre un lienzo inmaculado. Si no importaba esto ni importaba la necesidad de un paseo por la ciudad, de adelantar trabajo para el domingo, de cambiar las sábanas..., si en Shabbat sólo honraba a Adonai el vestirse con nuestras mejores galas, fortalecer lazos con la comunidad, leer los libros sagrados, recitar el Shema y las bendiciones propias de tan importante día, cantar hasta alcanzar el cielo y mientras tanto poner mente y corazón en las manos de Adonai, entonces el resultado era cualquier viernes en Mea Shearim. Y allí estaba yo, naturalmente, encendiendo las velas semana tras semana, cubriendo mi cara con mis manos y tendiendo un puente entre Adonai y nuestra mesa engalanada de la calle desconocida, vestida de fiesta y ofreciéndonos vino especial para Shabbat, empanadillas, kugel de patata y cebolla, de manzana...; todos estos suculentos alimentos me parecían estar en blanco y negro hasta que una sencilla frase los dotaba de mil colores:

“Bendito seas, Dios nuestro Señor, Rey del Universo, que nos has santificado con tus mandamientos y nos has ordenado encender las luces del Shabbat”

Tras esto, todos sonreíamos y las mujeres esperábamos a que los hombres bendijeran el vino y cantaran, mientras una mujer gentil, con el objeto de que ninguno de nosotros hiciera ninguna labor en tal día, se ocupaba de servir y recoger cuanto íbamos necesitando. Como digo, esto daba luces y sombras a la semana, la hacía revivir con sus cánticos y su guiño de eternidad y trascendencia, y al mismo tiempo la oscurecía con su silencio y su oscuridad (no teníamos luz eléctrica y sólo contábamos con la que nos proporcionaban unos cuantos candelabros estratégicamente colocados y sólo prendidos durante cierto tiempo) El Shabbat era como una novia que cubría con la cola de su vestido a todo el barrio e incluso a Jerusalén en muy buena parte, y que nos adormecía con su vino y con su paz, para irse dejando el rastro de tres luminosas estrellas que daban la bienvenida a la nueva semana. Como una gota de agua. Como una inevitable, omnipresente gota de agua que me dejaba sedienta.

lunes, 14 de enero de 2008

Malka

Aquel día lo había pasado llorando, mientras mi madre me arrastraba con su mano izquierda por las calles más laberínticas de Meah Shearim, tirando de mí como de un abuelo testarudo y apartándose continuamente el sudor de la frente con el dorso de su mano derecha. Su vientre abultado nos llevaba casi medio metro de ventaja –unos ocho meses- y tiraba con fuerza de mi madre, que ante mis ojos lluviosos aparecía como una letra ב coronada por una cabeza amable, sudorosa, suspirante y envuelta en un pañuelo que horas antes se habría colocado con sumo cuidado y que le daba garantías frente a la familia y frente a Adonai, haciéndole parecer aún más digna, más respetable, más judía, más mujer. Todo eso representaba aquel inocente atuendo, aunque para entonces pensaba que era parte de ella (o quizá fuera más bien al contrario)

- Malka, si dejas ya de llorar te prometo que invitaremos a tu primo Shmuel a la cena de Shabbat.
- No te creo – dije yo, insolente, sin parar de llorar.

Mi madre respondió con una mirada fría, dura, soltando repentinamente mi mano y abandonándome a mi suerte en medio de la calle. Para su sorpresa –pues no dejaba de mirarme de reojo- enjugué mis ojos y eché a andar en dirección contraria, estirada y orgullosa de mi nuevo, aún inexplorado momento de independencia y sin molestarme siquiera en mirar hacia los lados. La calle entera era para mí un camino en el que todo el mundo tenía que apartarse, cediéndome el paso, con independencia de si se trataba de un rabino o un goy, los dos extremos en que se dividía la sociedad que me abrazaba por aquellos años. Con la vista al frente, a mi paso oía risas de unos, murmuraciones de otras..., y con mi cabeza veía cómo las tiendas se iban cerrando a mi alrededor, con cadenas que abrazaban las rejas de las puertas y se despedían del tendero con el golpe seco del candado, hasta el día siguiente, hasta el jueves. La calle por la que caminaba –que, aunque estrecha, era una de las más importantes del barrio- parecía ser en mi imaginación una interminable serpiente surcada por otras calles angostas que la atravesaban ferozmente como dagas muesas que dejaban un rastro seseante de calles gastadas y aceras mordidas por el tiempo. Iba a girar por la primera de ellas, atraída por la belleza de una de sus ventanas, cuando sentí un fuerte golpe, sordo y masculino, de una mano que chocaba contra mi cuerpecito de seis años, para asirme después del brazo, alejándome de mi vano intento de perderme por el barrio más ortodoxo de Jerusalén, y sumiéndome de nuevo en un llanto incontrolable. Esta vez, sin embargo, la mirada de mi padre me calló. Lo decía todo con los ojos, que eran los míos. Anduvimos el resto del camino en silencio, sin mirarnos el uno al otro, y cuando recogimos a mi madre donde yo la había dejado, ésta se dirigió a mí sin mirarme:

- Acuérdate de que no hubo ninguna promesa.

Yo, que había alzado los ojos hacia ella para mirarla, volví a dirigir la vista hacia el lomo de aquella serpiente perdida en Mea Shearim, mientras mi corazón ardía de rabia y de pena. Mi primo Shmuel era el primogénito de mi tía Rivka y el tío Alon –Rabbi Alon-, y no sólo le tenía un inmenso cariño, sino que mi admiración por él me había hecho incluso escaparme de casa para intentar convencerle de que no ingresara en el ejército. “Inútil, Malka” – me había contestado él, sin dar más explicaciones. Desde que tengo memoria, Shmuel había sido un niño rebelde, descarado a los ojos de la familia e indiferente al constante escrutinio que le suponía vivir rodeado de judíos jasídicos, cuya intransigencia era tan pasional como el trance de sus bailes y cantos, que se perdían en el tiempo y en el espacio y transmitían a quien los veía una sensación de agujero negro, de remolino repentino y esporádico de locura y éxtasis que te hacía perder la mirada hasta que ésta quedaba flotando en el aire y bailaba al son del clarinete, al que se oía canturrear en yiddish. El hermano de Shmuel, mi primo Eyal, virtuoso del violín y amante de nuestras milenarias tradiciones, de los shofarim y las menorahs, de sus tefillim y sus tallitim, de su kipah y sus peoth, de la poesía sefardí y de los cuentos jasídicos, de la tradición halájica y del folklore tradicional, se había alejado de la vida secular tan pronto como advirtió las tentaciones de ésta, que se le antojaban pequeñas y casi imperceptibles termitas que acabarían por carcomer su alma de justo y convertirían su corazón en una estatua de sal, expuesta a un derrumbe al menor golpe. Yael era alto y delgado, de cabellos morenos y rizados y con unos infinitos y acristalados ojos azules que parecían cuatro de tan profundos que eran. Sus gafas, invisibles a las miradas despistadas, tenían el color del aire y filtraban todo aquello que Yael –ávido jerosolimitano del primer cuarto de siglo – copiaba en su retina como los girasoles recogen la luz del sol; en sus caminatas hasta el muro de las lamentaciones, mientras las composiciones de Szymon Goldberg resonaban en su cabeza de yiddish alemán, su mente israelí adivinaba en los turistas períodos latentes de nostalgia por la tierra prometida, en sus rabinos una búsqueda indigente por nuevos debates talmúdicos que parecían haberse perdido en tierras de la diáspora, y en los nuevos intelectuales unos seres profundos pero vacíos, como quien cava una tumba para acabar dándose cuenta de que no puede salir.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Que la sueño, que la toco,
que se me resbalan los pies ya de correr tan deprisa y de gastar tanto las suelas. Que mi ciudad se disfraza, se viste con noches y con velas.
Todo son reflejos en las piedras mojadas, tejados, ventanas, torres, más plazas. Manzanas enteras con jugo de sueños y de almas,
hórreos de viento y cristales que se empañan.
Belleza de orbayu por las calles,
y de estampas;
belleza de unos ojos que siempre sé de qué me hablan.
La fuerza del mar.
La del hombre, del invierno, de mil noches de recuerdos,
la fuerza que en la mina es el cantar.
Bendita la Madre de nuestra montaña,
benditos sus ojos henchidos de amor,
bendita la niebla que te hizo esconderte
en la cueva, en un hueco de mi corazón.
La roca, el milagro, el rey bravo
y una voz de tenor que sale de un chigre,
que vuelve a la niebla
que llena el oído de amable estupor;
nos susurran a gritos,
nos vocean con suspiros y
de cualquier modo
nos hacen suyos así
poco a poco.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Die Nacht von Helsinki

.
.

No te oí llegar y aquí estás, llamando a la puerta insistentemente, como ese aire y ese color agresivo de las tardes de otoño que parece cubrir de cartulina negra la última bombilla de la casa. ¿Y si no te oí llegar, y si sí te esperaba, y si sí te vi por la ventana y decidí esperar a los golpes sordos de la puerta para levantarme corriendo y abrir despacito, mientras sonreía? Y tras la puerta te encuentro empapado, sereno, ni rastro de la insistencia que me hizo abandonar de pronto la vista desde la ventana, ni un ápice del frío que se veía al otro lado del cristal, donde los edificios temblaban sacudidos por el aire gélido y enfurecido de los últimos días en Helsinki. En su lugar cruzaba la puerta una inesperada calidez del sur de Europa que, con su voz desvelada y una guitarra temblorosa, buscaba luz cuando la noche caía, y una mano que sostuviera su estrepitoso deambular por la ciudad desconocida. Un poco de chocolate caliente, puertas y ventanas cerradas a la inclemencia del temporal, silencio a escena y una conversación para aclarar la garganta..., y ahora sí -como quien vuelve a ver a alguien después de mucho tiempo- el artista abraza la guitarra, esta vez arropado por la mirada de mis ojos que le envuelven como al mejor de los regalos. Y una y otra nota, y tres y seis, y catorce notas que se apresuran y se repiten como si tuvieran prisa por hacer cosquillas a esa cajita de madera, como si fueran niños con ganas de lucirse... Y así mientras amanece, entre nota y nota, imágenes que vienen y van, que pasan de puntillas por mi cabeza y obligan a mis labios a esbozar una sonrisa. Coloreo tu imagen de turista sorprendido por la lluvia y la nieve, me alegro de verte y sonrío por ello, "te tengo, no te vayas" -tarareo para mí-, y me agarro tan fuerte a tu mano que no nos damos cuenta de que hemos pasado la noche en vela y de que ha sido el día más largo a esta parte de Europa, pero también de que el gesto más sencillo y más sentido encierra el más esencial e imborrable de los significados.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Eduardo

Esto lo escribí hace unos cinco años para dárselo a la que sin duda será una de las personas más buenas que habré conocido en mi vida, y que lamentablemente se fue cosa de un año después de esto, para dejarme a ratos la vida sin música. Sus ojos lo decían todo, porque su bondad no escapaba a la evidencia. Por lo que sigo acordándome, aquí va un poquito de aquéllo que él guardó en su cajón pero que aun así se llevó consigo, llorando como un niño...

Era un caballero de traje y corbata. Los surcos de su cara se me figuraban algunos de los muchos caminos tortuosos por los que tuvo que pasar, tácito, sosegado, templado como cuando los girasoles se vuelven delicadamente hacia el gran astro que les espera radiante. Y sin que se oyera siquiera un gemido ahogado, un suspiro, una palabra de consuelo… Mientras hablaba, sentado en aquella cama de hospital, intentaba hacerme a la idea de que mis ojos tienen algo de los suyos, de que yo le he robado un poquito de la sangre que lleva en sus venas, pero que estoy orgullosa de ello.

Y aquellos ojos llorosos, verde aceituna, me animaban a intentar adivinar cómo fue su vida antes de que todo cambiase, cómo cambió con los tiempos, qué le hizo tomar sus decisiones, cómo se fue haciendo él, poco a poco… en un tiempo en que su cincel, ágil y raudo por la tabla, buscaba alguna flor, una guirnalda… oropeles que no sólo quedarían ebanados en la madera, sino también en el recuerdo futuro de un hombre manso que se mantuvo en el filo de un naufragio pero que consiguió mantener la esperanza a flote.

Seguía hablando… parecían recuerdos oscuros en el fondo de un túnel, que bien podrían ser inalcanzables, desconocidos para siempre, pero que a la vez parecían ser rescatados de ese baúl rojo lleno de recuerdos y experiencias, que sólo puede abrirse con la llave correcta. Y yo escuchaba, iba buscándole mientras me preguntaba a mí misma qué fue del donaire de aquel rostro, por qué se lo llevó el recuerdo… Y aún me pregunto si se llevó algo más con él, si yo en realidad estoy conociendo a la misma persona que estuvo en ese taller hace tantos años, y si a quien conozco ahora es una sombra, o es quizá una caja de sorpresas…
-Sí, soy yo- dijo, y sonrió.

viernes, 10 de agosto de 2007

Un individuo gris (2ª parte)

Todo era culpa de la intuición. ¿O no? No eran las noches en vela, el exceso de champagne, la indiferencia. No eran los largos paseos huecos, de pisadas sordas, hacia un apartamento dormido y decadente. La intuición era como una serpiente de escamas secas, que arrastraba su barriga jugosa por los charcos planos de las calles de esa ciudad de todos. Como un reptil deslizándose entre la hierba, seca por el calor sofocante del verano, la intuición impregnaba todo, del mismo modo que la sonrisa del viejo enano cargaba el café de desesperanza, de un desasosiego intuido, sospechado, temido.

Ella había estado todo el día pensando en una cajita para los pinceles. No demasiado grande para su bolsa, ni demasiado pequeña para el pincel del paisaje. No muy ostentosa por el estilo, ni demasiado ridícula para sus justas pretensiones. Pero una caja encerraría algo que no era suyo, sería sólo el envoltorio de una herramienta, un trámite de madera. Casi era un regalo de despedida, como todos los desayunos, los silencios junto al caballete de pino y casi como los saludos a medio querer.

Al salir de la tienda, con la mirada flotando en el tráfico de París pero con la mente en un bohemio de cigarrillo barato, aún no sabía qué significaban esos ojos tristes, qué significaba ese silencio gris y esos lamentos apagados de las cerdas contra el lienzo. Aún no sabía qué quería decirle con su sonrisa huérfana ni qué pretendía que averiguara cuando le hablaba distraída, mirando la irregularidad de su perilla y el poso de sus ojos. No sabía a qué se debían sus susurros cuando necesitaba palabras claras, ni por qué la soltaba de la mano –aunque no- cuando no podía sostenerla. Pensaba ella que él no la entendía en su silencio, ni la seguía en lo infrecuente y difuminado de su conversación. No le veía en sus miradas, pero aún así le encontraba. Buscándose y huyendo, buscándose y desistiendo. Una búsqueda vieja, enana, impoluta.

Mientras se ponía la chaqueta y sin apartar los ojos del tráfico, sólo quería irse silenciosamente, como un fantasma que rastrea el suelo, como un huracán en el olvido, como un ángel en una burbuja, moviéndose sin hacer ruido. ¿Pena? ¿Odio? ¿Desesperanza? No necesitaba razones, le acorralaban los perdones y le aterraban las despedidas. Porque se llevaba consigo el embrujo del fantasma, la fuerza del huracán, el misterio de un sueño…, porque no le dejaría solo, ni le dejaría nunca. Porque no era ella quien se iba, sino la esperanza con ella.

Junto a su regalo se dignó a escribir “Cierra los ojos y colorea mi silencio, llora mi discreción y compadécete del viejo que te da esta caja. Sonríe porque no comprende. Se le escapa. Sonríe porque no sabe que aquí te envío la esperanza que, a sus ojos, he perdido. Sonríe porque es él el perdedor. Intuyo que vuelvo, que se equivoca. Intuyo que recupero la esperanza. Nos vemos en Bateaux Mouche. Trae cambio.”

miércoles, 8 de agosto de 2007

Un individuo gris


No es una conversación cualquiera. Es ésta, donde se intuye la cierta nostalgia que siente un amigo (echa de menos la esperanza). Es alguien -en cursiva, entre paréntesis- que no quiere ser soldado. Preocupado por un futuro gris, de individuo plano, le asalté con mi idea de quién podría ser en realidad. Le puse un espejo delante, le dije “mírate”. Y él comenzó a leer:


Mmm... déjame pensar. ¡Tengo la imagen en la cabeza pero no sé ponerle nombre! Creo que se me ocurre un bohemio en París, con perilla, gafas de esas modernas y tu gorrito con visera, de estos tipos a los que se les salen los pinceles por los bolsillos de los pantalones anchos. En color azul y rojo, te veo, con el pelo por debajo de las orejas. Tomando café todos los días en la misma terraza en frente de la torre Eiffel; pero no fuera, sino dentro junto a la ventana, mientras fumas con la mano izquierda, dibujas algo en tu cuaderno con un lápiz gastado, y echas el humo a un lado para que no te nuble la vista. Cuando has terminado el dibujo, te das cuenta de que todo el mundo se ha ido (muy buena idea... ¿a dónde?) y de que sólo queda un camarero aburrido que apoya la barbilla en su mano, y que deja caer con desdén la otra por debajo del codo que empuja la madera de la barra, la barra sobre cuyo extremo, en la parte oscura del bar, descansa la cabeza de un viejo con cara de enano, que sonríe descaradamente.(¿a quién sonríe?) Darías por hecho que su mirada y su sonrisa no son más que escenarios de tu Bohemia, pero en seguida te das cuenta de que tienes que prestarle más atención, de que su sonrisa es un mapa.



En ese momento, también, por fin te das cuenta de que se acaba tu último cigarrillo. (bueno ese no es problema, porque en el café hay máquina, ¿no?) Cuando el filtro empieza a hacerte cosquillas en el dedo, lo sueltas de golpe, amontonándolo con alboroto en el cenicero que cuenta las horas de tu inspiración. (¡eso me ha pasado!). Como quien corre bajo la lluvia, un pensamiento fugaz pasa por tu cabeza "la máquina de cigarrillos del café", pero te das cuenta de que ésta está detrás del viejo enano de la sonrisa etérea, tentadora, ésa que parece que te pregunta sin discreción. Miras tus papeles, guardas las bolas de papel en tu bolsa de cuero y te levantas con decisión, pero casi desperezándote. Avanzas un poco hacia el barman. Pagas pero no miras el cambio. En vez de sacar tu monedero, dejas caer las monedas lentamente en la bolsa, mientras miras de reojo al viejo de la cara roja, ojos líquidos y brillantes, ojos blandos. Una a una caen las monedas sobre las bolas de papel, sobre tus lápices de colores (los que nunca usas), sobre la cajetilla vacía, sobre un regalo que ella te entregó. Te das cuenta de que habías ido allí para olvidarla, y en lugar de eso recuerdas el contraste entre lo podrido del café y el olor a nuevo de su pelo .(ok, sería como mi Gran Jonh Waine)

Te das cuenta de que es por ella que has ido a ver la torre, negra y escuálida, desgarbada y helada, sólo para saber qué se siente al filo del contraste entre el blanco y el negro, el calor y el frío, el café y la barca, los cigarrillos y los besos, la madera vieja y la hierba mojada, el viejo -y el barman- y ella. Ella, y el recuerdo de su mirada fija, curiosa, la imagen de unos ojos oscuros que nunca duermen, unas manos que no descansan... Ella, dos guitarras.

Te das cuenta de que te has estado mirando los zapatos, pensativo, de que debes parecer un alma deshecha, un muñeco antiguo, sin consistencia... a la deriva. (sin puerto donde amarrar un cabo) Entonces sí, entonces levantas la cabeza, pasas deprisa tu mano sobre tu barba nueva y dejas atrás la sonrisa pétrea, casi temblorosa, amenazante, del viejo enano. No te despides -piensas-, pero es que sabes que no te quedan ya palabras.

* Añado yo ahora, a posteriori: si te encuentras con un "viejo enano que te sonríe", con la desesperanza misma, no te mires los zapatos, mira más bien dónde te pueden llevar. Los objetivos se agarran fuerte, no basta imaginarlos o pintarlos (aunque sea en Montmartre) Cualquier meta tiene un punto de partida, y es ahí donde hay que coger carrerilla. Aunque sea con cigarrillos de menta, o con dibujos que acaben en bolas de papel.

martes, 7 de agosto de 2007

La yegua



Esto es puro dadaísmo de la primavera de hace cuatro años... Gran parte está escrito en masculino singular para facilitar la identificación con el lector. Como me importan un pimiento las bobadas y aberraciones lingüísticas por las que lloran las ultrafeministas, diré que usar el género femenino en un texto literario es mucho más restrictivo, digamos que conlleva una carga de género mucho más fuerte, de modo que así todos contentos, una "tabula rasa" para que a nadie le venga grande. Sugiero que escuchéis esta increíble e histórica pieza de J. M. Jarre al tiempo que leéis. Sinceramente, no me acuerdo exactamente de qué tema me inspiró para este texto en particular, pero si no fue éste fue muy parecido. De hecho, otros escritos que he colgado también tienen tema, que igual algún día añado. Sin más preludio, os dejo esta "adivinanza", os retaría a que me comentárais qué personaje, idea o situación os sugiere la descripción (nada física) que doy. Enjoy!


Y la radio de lejos, susurrándome al oído... pidiéndome que despertara de mis sueños. ¿Y por qué? Me preguntaba yo a mí mismo; es esencial que mis sentidos se apaguen para que mi corazón despierte. La razón turbia mi alma de modo inenarrable, es la razón la que empaña mis sentidos, pero sólo aquéllos que me revelan qué es lo que yo mismo escondo dentro de mí. Y esa graciosa emisora rusa me transporta a un mundo de ensueño, un mundo apeteciblemente hostil que me recibe en un pasillo de paredones grises que guardan una aparente frialdad en relación inversamente proporcional a mi entusiasmo. Sonrío como un turista perdido y me refugio en mi propia ilusión, donde me esperan unos niños de cabezas brillantes y ropas de duende, mientras avanzo y avanzo, y los niños me miran como si fuese cierta mi idea de ser un turista de camisa de flores y cámara al cuello. ¡Uno de ellos grita! Caray, cuando tenga fuerzas para levantarme bajaré el volumen de ese cacharro. Entre continuas frases melódicas una dulce somnolencia me lleva al estancado compás de un canal que cruza, que bordea la catedral... de San Pedro. Moderno, sí, pero de una clasicidad perenne que me hace inclinarme sobre mí misma en la góndola, que me obliga a mirar las paredes pardas que parecen querer contarme, cómplices, los muchos secretos que han convivido con ellas durante tanto tiempo... los que tanta gente ha visto y los que nadie se ha parado a contemplar. Este mecer de la pequeña balsita me está haciendo parecer una cuna... Como cuando te cantaban de pequeño que... y la radio toca esa música discreta... ¿un oboe? Eso es, no más alto... En Asia es éste el silencio que se venera, las artes marciales parecen ser un mero adorno del aire, surcan el viento con rapidez imprevisible y acarician la arena suavemente, tan suavemente... y pensar que al oír esto me quedaría en blanco... Eso es que me he despertado y he vuelto en mí, la razón quiere acompañarme de nuevo, pero qué más da, acabo de recordar aquella yegua que alcanzaba la luna y que galopaba más ligera que el viento. Con ella seguro que no me alcanzas. Parece que no avanzo, pero ya estoy a una distancia considerable, casi al otro extremo de la playa. ¡Son tan suaves sus crines! No he podido encontrar mejor apoyo para mis sentidos prácticos. Nunca pensé que, tras el violento trote, el galope fuera a ser tan sugerente. Solté mis manos de las riendas y me dejé caer sobre el lomo del animal... de la persona, de mi propia mente, y cerré los ojos en confianza total hacia mí mismo, hacia mi eterna compañera, sin pensar tampoco en que la arena de la playa fuera a estar a un abismo de la yema de mis dedos, sin pensar ya en la persecución que me llevó a este estado de calma. Cuando las olas comienzan a sentirse chocar contra las rocas, me alzo y sigo pendiente del chapotear de las patas en la resaca, y sigo igual, impasible. Se acabaron las pilas. Parece entonces que la noche cubre mi imaginación y me hace temer a la nada, que desde el fondo hace sonar una pandereta, una curiosa pandereta que lentamente quiere incitarme a ir al pozo, tan lúgubre... me inclinaré, cambiaré de emisora, pero la frescura del campo abierto tampoco me convence. Esto sí, ¡cuánto tiempo hace! Esto... me siento sumergida en un escenario negro, negro pero agradable, como si éste fuera mi hogar... Un rostro blanco me mira completamente inmóvil, y yo, en tono confidente, le devuelvo una mirada neutral, pero bajo mis párpados y tarareo en mi cabeza una melodía de piano que me eleva del suelo, que parece querer espabilarme pero que me adormece de nuevo y me arranca alguna lágrima. Es tan, tan profunda esa línea... tiene un filo tan marcado que atraviesa incluso el rostro blanco, el mío, hasta alcanzar mi razón y estrangularla, mientras la mujer de negro se va, mientras mi mirada la despide.

Sonrío hacia un solo lado, y renuncio por el momento a levantarme, prefiero ponerme de rodillas y esperar a que venga... sí, a que me arrastre el carro de fuego. ¡Ya! Ha venido a por mí, el conductor de una cuádriga de oro ha tomado mi mano y me ha llevado a una plaza de arena, donde se encuentran múltiples carros como el nuestro. Pero míralo desde aquí, desde aquí abajo, mira el escenario... mira la tierra tostada y los palcos cubiertos... pero no les hagas caso, yo he cogido a mi yegua y la he llevado conmigo, lejos... o cerca, no importa dónde, pero iremos a buscar un claro en el bosque, volveremos para buscar la playa y esperaremos a que anochezca para ver la luna desde la roca, y luego iremos hacia allí para observarla... y quizá no haya tirado yo de las riendas... ¿y qué más da? Al menos he cabalgado sin montura.

martes, 5 de junio de 2007

San Petersburgo


La calle por la que solíamos pasar estaba llena, creo que nunca la he visto tan llena, aunque quizás es porque hace mucho tiempo que no vengo a esta ciudad. Pero me encanta... Me encanta cómo la gente camina tranquilamente y cómo parece que no les importa el resto del mundo, aunque en realidad sea precisamente que están demasiado concentrados en ello. No me gustan las aceras, por cómo las tratamos, pisándolas como a prisioneros de guerra, por unos y por otros. Y la gente, en general, está contenta, porque parece que se siente protegida en esta masa de cuerpos que se balancean irremisiblemente. Cada vez que doy un paso adelante me parece que estoy más cerca de mi destino, pero a la vez creo que alguien me ha llevado a él, “¡ha sido la corriente!” digo para mí mismo, pero como no estoy seguro, y creo que no quiero estarlo, sigo dando pasos hacia delante, porque al fin y al cabo todos lo hacemos y a nadie parece irle mal, ¿no? ¡qué curiosa es esta ciudad! Porque aunque me gusta, parece que va a oscurecer de repente y me voy a quedar solo, espantado por la inmensidad de las calles y asustado por la ausencia de gente que hay a mi alrededor. ¿Dónde estáis todos? ¿Dónde habéis ido? Aparentemente nadie me ha informado de esta estampida y no he podido unirme a ella, así que he decidido coger la primera calle a la izquierda y seguir recto. Total, es lo que he hecho toda mi vida: tirar para la izquierda y seguir recto, porque en esta ciudad, además, no hay muchas calles del lado derecho, y a las pocas que hay nadie se atreve a ir porque se dice que nunca sales de ellas. Pero entonces –me pregunto yo-, ¿no vive nadie allí? Pues supongo que no, o todos esos edificios están vacíos o viven en el mismo infierno. Conocí… ¡no! Tú me contaste que una persona se perdió y se dirigió a una de esas estrechas vías, pero no volvió nunca; se dice que allí le torturaban hasta matarle, o que le fusilaban… no sé, no me acuerdo ya. Ten en cuenta que hace por lo menos… ¡qué sé yo! Unos cincuenta años, aunque esta ciudad no ha cambiado demasiado: más gente, faldas más cortas, ningún tirante, menos soldados por las calles y el mismo vodka de siempre, igual de ardiente y con el mismo efecto amnésico, que esconde los miedos en el fondo del saco. Hace diez minutos que me he cruzado con un grupo de antiguos bolcheviques borrachos, y pensando en los viejos tiempos me he desviado por una de esas calles de la derecha. Se acabó. Ya nunca más podré escribirte desde San Petersburgo. (Madrid, 17.2.2002)

miércoles, 9 de mayo de 2007

El mirador

Al abrir los ojos me sentí abrazada a un enorme violoncelo de oro, tan grande, tan silencioso… parecía estar escuchando el sonido de las olas, o incluso el sonido del rocío al caer sobre los cristales. Sigilosamente avanzando hacia el mirador y atravesada por la brisa del madrugar, apoyé las manos suavemente sobre la barandilla y cerré los ojos. Entonces escuché----------, escuché largamente y entonces sentí cómo una comisura de mis labios hacía llevar una leve sonrisa a mi boca. Efectivamente, el mar golpeaba furioso a sus hijas contra las rocas, y el rocío hacía que las suyas se posaran delicadamente en cada flor. Pero el violoncelo no se había dado cuenta de que sus notas, adormecidas, guiaban el compás de la espuma, hacían resonar la ligera lluvia junto al mirador, todo a un mismo tiempo, todo calculado… Y en ese instante, cuando la orquesta me sedujo, suspiré aliviada y empecé a desperezarme, mientras el violoncelo me susurraba: “vale más una ilusión dormida que cinco sentidos despiertos”

A long, long time ago I can still remember how that music used to make me smile...

jueves, 3 de mayo de 2007

La Misión

Mira cómo cruza esa barca el río angosto de la espesa selva. Mira cómo se tambalea suavemente, llevando de lado a lado las desilusiones de esos niños sin tierra, sin ropa, sin lágrimas… El agua está cubierta de flores acuáticas, de hierbas, de lanzas, de instrumentos que una vez dieron verdadera vida a la misión. Otros niños que se aproximan intentan rescatar algunos recuerdos de su pueblo, mientras la sombra de la catástrofe se cierne sobre ellos como la niebla que, poco a poco, va cubriendo el río. Nunca pensé que aquella inmensa densidad pudiera apoderarse de mí del modo en que final e irremediablemente lo hizo; aquéllos que se convertirían en hombres y mujeres descendientes de una colonia alienada, todos aquéllos que corrían y lloraban de aquí para allá, mostrando el lado más humano del salvajismo, pedían una vez más, y otra, alguna ayuda contra el espesor del Amazonas que se oscurecía sobre ellos y les amenazaba con ser los últimos indios que esos árboles jamás conocerían.

Me muero al ver esta generación de niños perdidos. Me niego a creer que pudieran ser peores de en lo que les hemos convertido, y me atrevo a pensar si no hubiera sido mejor haberse sentado junto a ellos en la hierba para comprenderlos, para gozar de su música y respetar sus dioses, si no hubiera sido más enriquecedor atracar nuestros barcos en la playa y coger sus humildes barcas para así continuar juntos el camino y darnos cuenta de que el orgullo ha de quedar en la metrópoli, guardado en esos cofres donde los virreyes ponen a buen recaudo las monedas empañadas, ya no de sangre, sino de odio. Cierro los ojos, los cierro tan fuerte que ya me parece imposible poder estar viendo cómo una niña, la más pequeña de todas, intenta que me suba al bote para no ahogarme en ese reducto de agua fría que me dejaba helado el cuerpo; pero, en su lengua, en aquélla que un día quise destruir, le contesté que no era en ese río hostil donde se me helaba el corazón, sino en la indiferencia y en la frialdad en que habíamos tornado aquella tierra virgen y próspera, en la sombra oscura que, poco a poco, terminaría ocultándonos esa belleza en bruto con la que todos soñamos. No quiero que me dejes despertar, niña, déjame junto a la orilla, ahí, déjame donde nadie pueda ver mi cara de colono.


Madrid, 9.5.02

sábado, 21 de abril de 2007

Tarde de domingo

¡Quién tendrá la suerte de ver este paraje! De divisar estas rocas, el acantilado de mi vida, que choca contra el mar con la furia contenida de un muro inamovible por las olas, quién podrá sentir la brisa gélida del Cantábrico atravesando los cristales de mi mirador, de mi lugar de descanso al que me consagro cada domingo en la tarde pensando en qué otros ojos llorosos enjugarán las próximas lágrimas enternecidas ante tal espectáculo. Aquí todos los días parecen domingo: las ventanas empapadas, el paisaje coloreado de flores en un baño de sal que enturbia su brillo, los gatos escondiéndose tras los tejados de las cuadras para esquivar las implacables furias de la lluvia, que golpea el suelo sin piedad una y otra vez, una y otra vez hasta que los charcos puedan reflejar las nubes claras que ha dejado la tormenta... También es domingo en la sala de estar, donde la gran silla, aunque vieja y dura, acuna generaciones y generaciones, donde nunca nadie se sentará y se cubrirá las piernas con una manta gruesa; “hasta que el tiempo se calme”, dicen, “hasta que el tiempo se calme”... Pero no importa, no importa que ayer fuera domingo, ni siquiera que hoy sea domingo y un sopor peligrosamente dulce me suma en una niebla irrevocable... el último atisbo de esperanza estriba en poder ser capaz de esperar un poco más a la silla vacía, con una manta caliente sobre ella. El tiempo no se calma, nunca lo hará, tan sólo esperará a que nosotros lo hagamos... ¿pero cuándo?
No hace mucho que, en esta casa de campo escondida entre los ancianos robles y el incipiente riachuelo que limita la finca, tuvo lugar un incendio, cientos, miles de llamas ardían fulgurosamente en la casa que me vio nacer, unas con otras se entremezclaban y encrespaban pidiendo al cielo que toda la bondad que llevaban debajo y que no había más de comprobarla por sus enormes y expresivos ojos azules no se fuera tan pronto, no abandonara a su suerte a los muchachitos que esperábamos impacientes su mirada tierna, un gesto afectuoso de sus blancas y acogedoras manos, las de una madre, esa dulce criatura que ahora, con el cabello encendido y los ojos asustados y desconsolados, parecía despedirse de quien tanto la necesitaba, de quienes con el tiempo irían reuniéndose con ella quién sabe dónde, quién sabe cuándo... Por aquel entonces y puesto que yo contaba muy pocos años, se me fue repitiendo numerosas veces el porqué de la marcha de madre, que poco tiempo antes ella misma había descrito, pues quería que, al menos yo, supiéramos la razón de su marcha; no podía más que imaginarme ese mundo maravilloso al que alguien se la llevó, “está en el centro de la tierra, una burbuja enorme que nunca estalla y cuyos contornos transparentes se tiñen de azul por los océanos que la rodean, una burbuja que protege a mamá del agua y la tierra, junto a tantos otros, y que le permite vernos siempre que quiera. Así que pórtate bien y no dejes que mamá se ahogue en el océano en un intento de venir a regañarte...” me decía José pacientemente, como si yo fuera a huir de la mirada de mamá como quien evita a un trasgo o esquiva el afilado filo de la guadaña que corta implacable la hierba, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha... ¿Para qué hacer tonterías como el resto de los niños? No tenía quién me regañara, la gente a mi alrededor estaba demasiado agotada como para ocuparse de las travesuras de un mocoso cuyas manos apenas alcanzaban a coger un arbeyu, así que no recuerdo que hubiera algún momento en que sintiera la necesidad de llamar la atención en ese aspecto, mucho menos pensando en madre, que podía querer venir a poner orden y acabar de nuevo como la primera vez. De cualquier modo, tampoco hubo tiempo para niñerías, pues tuve que crecer rápido como la espuma, y espabilar antes de lo que madre tenía pensado para mí; al principio quería irme a esa burbuja con ella para quedarme, como quien dice, mirando lo que ocurre en una habitación desde debajo de la cama o la trampa que lleva al sótano, y reírme silenciosamente con ella de cómo el resto de la gente nos buscaba y nos hablaba aún sabiendo que no estábamos allí. “Probes, ¿cuándo se darán cuenta?” diría madre, y seguiría haciendo reír a esa cara de niño confuso que en el fondo era, provocando la pícara sonrisilla que en años posteriores tanto diría de mí mismo...