Cuando comencé a abrir los libros, me encontré enseguida con unos señores y señoras
de los siglos pasados como Erasmo y Tomás Moro, pero sobre todo del XVII, que me
cautivaron para siempre. Sus rostros, sus manos, el blancor de los cuellos, las pecheras
y los puños de blonda, me fascinaban y sus inquisitivos ojos preguntaban. Esto es, los Descartes, Spinozas, y Pascales; o messieurs y mesdames de Port-Royal des Champs.
Y, luego, cuando vi los Honthorst, los Rembrandt, los Vermeer, los Saemredan, los
De la Tour, tuve que decirme: ¡Anda! ¡Pero si a estos caballeros los he conocido desde siempre! ¡Si esas escenas las he visto, y yo mismo estaba allí con mi ojo holandés!
Todos estos fueron como los retablillos de mi primer saber, y seguirían siendo mis loci standi, que es decir las personas con las que mirar el mundo, y los lugares desde donde mirarlo.
Ayer me encontré con un genio. Una cabeza que cosía palabras como una rueca y que tenía una lucidez fuera de lo normal, amén de una chispa cómica muy de agradecer especialmente en el contexto formal en el que nos encontrábamos. Un pequeño, arrugado y encogido genio que fue a encontrarse con el mundo hace cerca de 78 años. Como él dice, el individuo es algo inefable, pero al menos con un puñado de palabras intentaré esbozar el perfil de aquel hombre de gorro ruso a través de lo que me sugerían sus palabras. A mí me hablaba de que a veces la cultura dominante no tiene ojos, que los tiene fundamentalmente lo humano; y mirando la literatura es cuando vemos una realidad más consistente de la que el género representa. Esto ocurre a través de lo que él llama "la misericordia de la noche", un claroscuro de realidad y sueño, de visión mística en lo tenue de la luz de una candela, la vela de la fe que ilumina el rostro del visionario (quien conoce mi dedicación actual notará que aproveché la conferencia para enriquecer e inspirar mi DEA :)) Se privilegia en estos escritos la intimidad de "mis místicos" (y -según Lozano- la que configura los personajes), escrutando los adentros de su alma. Es una narrativa silenciosa y callada, rodeada de misterio y quietud que requiere una fragilidad del silencio del mundo que el autobiógrafo atrapa para dar el dinamismo que le aportó y sigue aportándole su vida y su pensamiento. Así, la penumbra de este claroscuro está llena de misticismo... y luego está lo más importante, lo esencial, lo que no se calma con historias pequeñas y frágiles a través de las cuales se conoce al hombre; una atmósfera sencilla, con un tempo narrativo lento que invita a la reflexión, sin conexión aparente con lo externo: salen de las historias -los personajes- y se ponen a vivir en nuestra alma; así pasa con las visiones místicas, hacen cuerpo en nuestra sensibilidad para trascender lo que tenían de autobiográfico atendiendo a la experiencia del místico. "No hemos venido a ver, sino a no ver", decía Ana, lo que desnuda nuestra dependencia y nuestra ceguera, la de quien necesita los ojos de quien sí ve y está dispuesto a contárnoslo, prudentemente, porque "un susurro es más frágil que un discurso, su mitad está hecha de silencio".
Para Lozano, el tiempo cuenta poco en el arte; entre lectores y autores hay cierto pacto intelectual y espiritual. Empezó comentando que los personajes son una cuestión moderna, ligada al narrar de finales del XIX- principios del XX, momento en el que el hombre estaba tan instrumentalizado que no había nada que contar (según Walter Benjamin, "no había nada humano"); todo eran análisis políticos, sociales, económicos..., y al hombre moderno le molestaban las historias. Lo que mejor define nuestra cultura es el desinterés por las historias humanas, en definitiva. A mí, que Lozano nos contara (o nos recordara) que las personas tenemos una dimensión visible y corporal y otra invisible e inefable, que nos aleja de ser objetos, me sugirió de repente muchas cosas, a saber: al alejarse del realismo se ve en la misma perspectiva tanto el objeto como lo humano, de modo que la naturaleza humana estaría hecha de lo mismo que los objetos o que, por ejemplo, la política (por eso, como dijo Lozano, Gauguin o Picasso entienden igual el modo de representar una silla y un grupo de mujeres) Si el ser de la criatura ya no tiene sus trascendentales (los archiconocidos verdad, belleza y bondad) "no hay ser, ni hombre ni mundo", como al parecer vino a querer decir William Faulkner al recibir el premio Nobel en 1950.
Yo me meto con la crítica marxista, ustedes me perdonen. Me importa un pimiento lo políticamente correcto, a no ser que sea lo correcto para mí. Por eso casi me levanto a aplaudir cuando el pequeño valiente -anciano sólo en apariencia- habló de esta corriente y la puso en relación con el arruinamiento del individuo, porque si éste no significa nada en la vida real, no hablemos ya de la dimensión literaria... Las construcciones psicológicas se construyen y deconstruyen según los intereses, faltaba más, por eso también Lacan consideraba al "yo" como "conciencia" y "evolución", como en un proceso de glorioso dramatismo de la vida humana.
Lozano dio la bienvenida a los personajes. Mejor pocos y deslumbrantes, inferí yo, lo cual me hace poner en contraste la multiplicidad de éstos -que pueden acabar como en La Colmena- por una visión mística de, como mucho, tres personas, siempre más fáciles de definir pero no tanto de relacionar, como es obvio. El relato autobiográfico "parece" menos vivo, más cerrado, porque los personajes no se escapan de las manos del autor; responden a los hechos recreados en la memoria y no rechazan la revisión del "demiurgo". Sin embargo, los personajes de ficción escapan al control de su creador, cobran autonomía y se alejan de la expectativa que de ellos se podía tener en un principio. Por el contrario, los personajes reales (en términos autobiográficos y no de calidad literaria) tratan de cumplir lo más posible con la vida que han tenido tanto dentro como fuera de la mente del autor: son personajes (re)encontrados, no construídos. En la construcción de personajes, eso sí, los hay que son fraudes, pero para evitar esto y hacer que un personaje sea propio y viva, el quid está -según Lozano- en el status en que el escritor se instala.
Hay por tanto dos maneras de aproximarse a los personajes y a sus historias: 1) creando historias y personajes que mejoren la realidad del hombre y al hombre mismo, ó 2) mediante una representación de la realidad tal y como es. Parafraseando a Thomas Eliot, decía Lozano que cada vez es más difícil hacer poesía, porque somos más conscientes de estar haciéndola. Las pasiones son cosas del alma, no hay que reir ni llorar ante la realidad, sino comprender, pero en literatura hay que discernir entre el comprender por el contenido o el comprender por la forma de mano del autor. Esto es, si el autor impone el lenguaje, éste será instrumental, y no dejará que el personaje se desarrolle. Debe haber una alteridad de los personajes con respecto al autor: ambos se dan vida mutuamente, al infierno o al Edén, pero nunca a la nada; creo que Lozano se estaba refiriendo a la relación y estímulo emocional existente entre autor y personaje cuando decía que "se puede hacer llorar con un pisotón, las emociones no son suficiente para calificar un escrito de literatura". Por otra parte, decía, "lo ahistórico nos revela lo increíble": la abolición del tiempo histórico, como en las visiones, es reflejo de una realidad trascendental, aunque hay una delgada línea con lo fraudulento, según qué se tenga en cuenta y si el carácter de la narración es onírico, ficticio, visionario... Por tanto, hay que buscar la historicidad en los escritos (por ejemplo, como en el relato de "Las hermanas", incluido en los Dublineses de Joyce)
Pero entre lo más clarividente que dijo estaba el tema de la inspiración, que él afirmaba poder encontrarse sólo en el hombre y las pasiones humanas, en una fusión entre vida y literatura, dos realidades que nunca pueden ir en paralelo. "Tenemos estructura de relato", dijo Ana, y es que ésta es la realidad, tenemos un perfecto concepto de la realidad. Una vez fundido esto en una obra, se requiere la labor de un lector sensible para terminar el proceso con plenitud, un tipo de lector que al mismo tiempo es el mejor crítico.
En la potente imaginación de Lozano, el yo hace rodar el mundo entero como si fuera un eje; un yo expositivo y humilde, que no invada y al que no le falte la inocencia. Un yo que pertenezca al grupo de los hombres y no de los tipos, que espere -no busque- la inspiración para salir a flote y hablar de nuevo y para siempre de las mismas cosas, una y otra vez "desde los cantares de amor del reino de Mari". Un yo que cree una literatura autónoma e independiente; como dijo Habermas, sin que la cultura tenga apelativos políticos. Del mismo modo que Platón siempre ha sido el centro de la especulación filosófica, la literatura ha de ser el punto en el que confluyan los testimonios, la narración de uno mismo y de los demás, la introspección y las ansias de actos comunicativos ... Necesitamos literatura y, por supuesto, necesitamos que ésta -como cualquier otra manifestación cultural- sea la que muestre tanto la esencia como el destino del hombre.
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